Mucho antes de que las cámaras de televisión muestren la parrilla de salida, el Mundial de Motociclismo es una maquinaria gigantesca que se mueve con precisión milimétrica. En 2004 nuestro director, Juan Carlos Posada, tuvo la oportunidad de vivir el espectáculo de MotoGP en Brasil, desde adentro durante el Gran Premio de Río de Janeiro, la última vez que el campeonato visitó Brasil.

Hoy, más de dos décadas después, el MotoGP regresa al país sudamericano tras 22 años de ausencia desde aquella carrera en Río y 37 desde la última cita en el Autódromo Internacional Ayrton Senna.
Por eso vale la pena volver a esta historia: nuestro viaje al Gran Premio de Río de Janeiro en 2004, cuando nos metimos durante cuatro días en el paddock del campeonato para descubrir lo que ocurre detrás de las cámaras.
El espectáculo que no se ve en televisión
Para la mayoría de los aficionados, el Mundial comienza cuando las motos aparecen impecables en la grilla de salida, los pilotos se acomodan y el semáforo está a punto de apagarse.
Pero detrás de ese momento hay un universo de trabajo que rara vez aparece en la pantalla. Mecánicos, ingenieros, técnicos, productores de televisión, personal médico y cientos de profesionales convierten cada carrera en una operación logística monumental.
Con la idea de mostrar ese lado oculto del campeonato, viajamos al Gran Premio de Río disputado el 4 de julio de 2004 en el legendario Autódromo Internacional Nelson Piquet, conocido simplemente como Jacarepaguá.
Durante cuatro días estuvimos dentro del paddock observando cómo funciona el gran circo del motociclismo mundial.
Una carrera contra el reloj
Ocho días antes de la carrera, mientras esperábamos en Bogotá el vuelo hacia Río de Janeiro, la maquinaria logística del campeonato trabajaba a toda velocidad.
El día anterior se había disputado el Gran Premio de Holanda en TT Circuit Assen, donde Valentino Rossi había conseguido la victoria y el liderato del campeonato.
Pero apenas terminada la carrera, comenzaba otra competencia: transportar el Mundial completo al otro lado del Atlántico.
Casi 250.000 kilos de carga —motos, neumáticos, herramientas, equipos de televisión, sistemas de cronometraje y material médico— debían viajar cerca de 10.000 kilómetros desde Europa hasta Brasil.
Tres aviones Boeing 747 salían desde Luxemburgo y Ámsterdam rumbo a Río transportando todo lo necesario para montar el espectáculo en apenas cuatro días.
Mientras tanto, pilotos, mecánicos, ingenieros y periodistas tomaban diferentes rutas aéreas para llegar el jueves al circuito, cuando todo debía estar listo para iniciar la actividad oficial.
Preparando el escenario
Dentro del circuito el trabajo era igual de frenético.
Un verdadero ejército de trabajadores preparaba cada detalle del escenario:
- Los pianos del circuito eran pintados con los colores verde y amarillo de la bandera brasileña.
- Las barreras de llantas recibían la misma decoración.
- Miles de metros de cables se tendían para las cámaras de televisión.
- Se instalaban antenas, generadores, pantallas gigantes y estudios completos de transmisión.
También se preparaban los contenedores que servirían como oficinas temporales para los equipos, fabricantes de suspensiones, llantas o cascos.
A diferencia de las carreras europeas, donde los equipos viajan con sus enormes motorhomes, en Río los pilotos debían adaptarse a estos espacios temporales.
Fuera del autódromo también se desplegaba una operación paralela: señalización en varios idiomas para guiar a los aficionados hacia el circuito en una ciudad con más de diez millones de habitantes.
Jueves: el paddock cobra vida
Después de un par de días haciendo turismo en Río y explorando el motociclismo brasileño, llegó el jueves.
Muy temprano llegamos al circuito para recoger las acreditaciones que serían nuestro pasaporte al interior del paddock.
Caminar sobre el asfalto impecable de Jacarepaguá era una experiencia especial para cualquier amante de las motos.

El trazado utilizado por el Mundial desde 1995 tenía 4,9 kilómetros, doce curvas —ocho de ellas a la izquierda— y una recta de un kilómetro, una de las más largas de toda la temporada.
El complejo llevaba el nombre del tricampeón de Fórmula 1 Nelson Piquet, ídolo del automovilismo brasileño.

El juego del gato y el ratón en los pits
En los garajes la actividad era constante.
Muchos permanecían con las puertas cerradas, especialmente en la categoría reina, donde los equipos intentaban ocultar cualquier detalle técnico de sus motos.
Era un auténtico juego del gato y el ratón: unos trataban de esconder cada innovación y otros buscaban fotografiarla.

Por eso era casi imposible ver las motos sin sus carenados.
Solo salían a la calle de pits durante unos minutos para calentar los motores, ya que dentro del garaje estaba prohibido encenderlas.
Siempre había varios mecánicos alrededor intentando bloquear la vista de curiosos y fotógrafos.
Un hormiguero de trabajo
Aunque el jueves las motos aún no rodaban en pista, el paddock parecía un hormiguero.
Algunos mecánicos limpiaban meticulosamente cada pieza.
Otros revisaban la electrónica conectando computadores portátiles a las motos.
Ingenieros analizaban datos de telemetría acumulados en carreras anteriores.
Los fabricantes de neumáticos trabajaban sin parar montando gomas slick en los rines de fibra de carbono.
Los proveedores de suspensiones y cascos también estaban presentes con sus mejores técnicos, listos para asistir a los pilotos durante el fin de semana.
Los pilotos también estudian la pista
Sin motos en el asfalto, muchos pilotos aprovechaban para reconocer el circuito.
Algunos lo recorrían caminando.
Otros lo hacían en scooter.
Los más deportistas daban varias vueltas trotando para memorizar cada curva.
En la pista también entrenaban comisarios, paramédicos y auxiliares, ensayando protocolos de seguridad y comunicación para cuando comenzaran los entrenamientos oficiales.

El sonido que eriza la piel
Cada cierto tiempo el silencio se rompía con el rugido de un motor.
Las motos eran encendidas siguiendo un protocolo preciso: pequeños golpes de acelerador mientras la temperatura subía progresivamente.
El sonido de los motores de cuatro tiempos resonaba contra las tribunas frente a los pits, creando un eco que hacía vibrar todo el paddock.
Cuando el ingeniero confirmaba que todo funcionaba correctamente, el motor se apagaba y la moto volvía a desaparecer dentro del garaje.
El momento que espera la prensa
La jornada del jueves terminaba con la rueda de prensa oficial.

Aquella tarde aparecieron ante los periodistas pilotos como:
- Sebastián Porto
- Alex Barros
- Marco Melandri
- Nicky Hayden
- y por supuesto Valentino Rossi, la gran estrella del campeonato.
Allí respondían preguntas, analizaban el circuito y compartían sus expectativas para la carrera.
Después de eso, el paddock comenzaba a vaciarse lentamente.
El verdadero espectáculo estaba a punto de comenzar.









